RECUERDOS INVERNALES

 


A punto de llegar  las nevadas a casi todo el país, me he acordado de cuando era un crío y el frío que pasaba en invierno cuando las cuatro estaciones estaban bien diferenciadas. Por aquel entonces, yo vivía junto a mis padres en la calle Mayor -entonces Calvo Sotelo-,  junto a la actual de la Mª Jesús, la viuda de Manolo "Botejas", que en los 50 moraban el tio Justo y la tia Rosa, junto a la que fue mi tata, su hija Ana Pili. Enfrente, estaba la casa y las cuadras de mi tío José "el Burrito", de su mujer María y de su hijo José, recientemente fallecido. Yo pasaba muchos ratos con ellos junto a la estufa, en la cocina que había abajo y mi tío me contaba cantidad de historias de tratos  de ganado y de cosas que habían sucedido en el pueblo.

Entonces, la estufa, la cocinilla económica de leña y/o carbón, la capa de mantas y la bolsa de agua en la cama eran los protectores del frío. Cuando salíamos a la calle para ir a la escuela o para jugar, las capas de ropa las llevábamos nosotros y aun así, pasábamos las de Caín. En los pies solíamos calzar maripis o botas de lona y, por supuesto, dos pares de calcetines. Los sabañones estaban presentes en la mayoría de los chicos y chicas y, la roña de no lavarnos bien, hacía acto de presencia -hay que tener en cuenta que no había agua corriente y llenábamos las tinajas con el agua de los pozos distribuidos por varias zonas del pueblo, luego teníamos que calentarla para asearnos y mudarnos, esto último, una vez a la semana. Los hombres de la localidad, cuando no había faena en el campo, solían acudir al taller de mi abuelo Juan al amor de la estufa donde, recuerdo, de vez en cuando, se asaban caracoles. Otro punto de reunión-mentidero era la garita del auto, el cabezo caido y el bar del tio Manolín, en la actual calle Turbena, antes José Antonio, Blasco Ibáñez y Alta, según los períodos de la historia.

En la escuela, segregada, por cierto, había una estufa, pero al ser el local tan grande, apenas notábamos el calos. Todos esperábamos la hora del recreo para tomarnos la leche que tan "generosamente" nos habían regalado los americanos a cuenta de la instalación de las bases militares. Cuando salíamos a jugar en esta época invernal, lo hacíamos construyéndonos casetas con cajas de frutas y la virutas que portaban para protegerlas. También jugábamos a todo aquello que supusiera correr: a las vacas, a la zapatilla, a la correa, al escondite, al ronche (aro) al fútbol en cualquier espacio del pueblo o de la huerta...todo para evitar el frío helador que se intensificaba más cuando había dorondón o el cierzo soplaba con intensidad.

Más adelante llegaron los anorak ("noras") y el frío corporal se mitigó, pero no así el de las casas y otros espacios.

(Me he permitido ciertas licencias con las tildes y alguna palabra escrita como se pronuncia o pronunciaba).

2 comentarios:

S.L. dijo...

Tal cual Juan. Muchas veces ahora en invierno, desde la calefacción y las comodidades de la casa actual recuerdo los duros inviernos de Bardallur y me vienen los mismo recuerdos. Pienso que ahora no se si sería capaz de aguantar aquellas inclemencias, aunque viendo las imágenes de Ucrania, me acuerdo de una frase que oí por ahí: nadie sabe lo que puede un cuerpo.

Anónimo dijo...

¿Os acordáis cuando se pusieron de moda los jerséis vascos Kaiku? Recuerdo como las mujeres hacían jerséis con unas agujas gordas y lanas de color azul oscuro y algo de rojo. También les hacían para las niñas calcetines con borlas iguales que los jerséis.