JUDÍOS Y MORISCOS ARAGONESES
La judería de Híjar en 1481, contaba con una población de unos 32 fuegos, es decir, entre 125 y 150 personas que practicaban la ley mosaica. Había una sinagoga espectacular, que luego se convirtió, tras su expulsión en 1492, en la iglesia-ermita de San Antón. Es la mejor sinagoga judía conservada hoy en Aragón y, en opinión de muchos expertos, una de las cinco mejores de las que todavía perduran en España. Pero la judería de Híjar no sólo es importante por su sinagoga. Si la comunidad hebrea hijarana es conocida mundialmente es gracias a su pujanza cultural, a la existencia en la misma, a finales del s. XV, de un grupo de artesanos vinculados a la industria de la piel, como era el caso de los pergamineros y encuadernadores en torno a los cuales surgió la célebre imprenta de Híjar, una de las primeras de la península, la cual tuvo su apogeo entre los años 1485-1490. Bajo el mecenazgo del duque Juan Fernández de Híjar y Cabrera, se imprimieron ediciones excepcionales por su calidad técnica y artística. Todo esto fue realizado en Aragón y por aragoneses, es decir, españoles y así se ha reconocido a la población sefardí.
De la misma manera, los moriscos aragoneses expulsados en 1610, fueron los que nos dejaron el patrimonio histórico-artístico más valorado por las instituciones expertas de la materia a nivel internacional. No en vano, la UNESCO ha declarado Patrimonio Mundial al Arte Mudéjar de Aragón, corroborando el valor universal y excepcional de este arte, lo que significa que este estilo sea el más genuino de nuestro pasado artístico. Toda esa población morisca expulsada, a pesar de haber estado durante VIII siglos en nuestra tierra y habiendo hecho grandes aportaciones a nuestro patrimonio histórico, sin el cual no seríamos lo que somos, nunca han merecido el nombre de aragoneses, ni por supuesto, de españoles. No deja de ser curioso.
Lo más grave es, que por ese predominio inquisitorial de la religión católica, todavía persisten algunas costumbres en España denigratorias hacia el judío o musulmán (recuerdo que de chico, íbamos por el camino que salía del taller, tirando piedras a las puertas de los pajares para matar judíos y, en cuanto a las matracas, nos enseñaban que cada vez que las golpeábamos, hacíamos sufrir a un hebreo). Mucho más animadas son las fiestas xenófobas y racistas de “moros y cristianos” que tiene lugar en muchos pueblos del sur y el este peninsular. La tradición fue inventada en el siglo XIX, al mismo tiempo que la palabra y el mito de “reconquista”, en conmemoración de supuestas batallas locales del siglo XIII; se intensificó en la década dictatorial de 1940 y ha aumentado en el siglo XXI. Las batallas no hará falta decir quién las gana. Las mujeres están excluidas. Tradicionalmente, en algunas ciudades la fiesta terminaba con la explosión de un títere llamado “La Mahoma” por petardos desde dentro de la cabeza. Fiestas calificadas como patrimonio cultural español.
Tal discurso diseñado desde distintos ámbitos, el político, el mediático, el escolar y por supuesto desde la religión católica, explica en gran parte que en España prolifere cada vez más el racismo. Mas, muchos españoles, como europeos, no se den cuenta que una sudamericana limpia el portal de su casa; que un rumano le sirve el café en el bar; que un marroquí recoge la fruta, que tomará en el postre; que un sudamericano le lleva el paquete; que una chica joven, sudamericana, rumana o ucraniana cuida, limpia o escucha a nuestros niños o a nuestros mayores, con sueldos miserables, porque nosotros no podemos, o mejor, no queremos. De verdad, esto es puro autismo.
(Artículo adaptado por mí de Cándido Marquesán en www.andalan.es)
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