Los fingidos súbditos de Sancho en la isla maquinan una estratagema para que el escudero reconvertido en gobernador se largue de allí. Sancho ha sufrido las vilezas de sus insulanos y, aunque ellos y sus amos los duques se lo pasaban en grande, piensan finalmente en echarlo con la broma más cruel posible. Sancho, hambriento y somnoliento “oyó tan gran ruido de campanas y de voces, que no parecía sino que toda la ínsula se hundía. Sentóse en la cama, y estuvo atento y escuchando, por ver si daba en la cuenta de lo que podía ser la causa de tan grande alboroto; pero no sólo no lo supo, pero, añadiéndose al ruido de voces y campanas el de infinitas trompetas y atambores, quedó más confuso y lleno de temor y espanto”
Eran sus “amados” súbditos que fingían un brutal asalto a la ínsula por parte de un ejército enemigo. Le piden que tome las armas y los lidere en la defensa del imperio insular. Sancho quiere escurrir el bulto y recurre a don Quijote y su sabiduría en el campo de batalla, pero los suyos no le dejan respirar: “Y al momento le trujeron dos paveses, que venían proveídos dellos, y le pusieron encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavés delante y otro detrás, y, por unas concavidades que traían hechas, le sacaron los brazos, y le liaron muy bien con unos cordeles, de modo que quedó emparedado y entablado, derecho como un huso, sin poder doblar las rodillas ni menearse un solo paso. Pusiéronle en las manos una lanza, a la cual se arrimó para poder tenerse en pie”.
Sancho queda como una tortuga en su caparazón, sólo puede meter y sacar la cabeza. Apagan la luz y empujan a Sancho, dando de narices en el suelo. Posteriormente simulan el ruido de un gran fragor de batalla. Pisotean a Sancho y le dan de palos y cuchilladas en sus escudos: “que si él no se recogiera y encogiera, metiendo la cabeza entre los paveses, lo pasara muy mal el pobre gobernador, el cual, en aquella estrecheza recogido, sudaba y trasudaba, y de todo corazón se encomendaba a Dios que de aquel peligro le sacase.”
Finalmente, sus vasallos gritan victoria, poniendo fin a la farsa falsa contienda. Desatan al Sancho resudado de los paveses y le ofrecen lo que el enemigo abandonó en su huida. Pero él no pide más que un poco de vino y ver a su rucio. Las dos cosas le traen. Primero bebe el vino y posteriormente –y no por estar borracho- abraza a su rucio y lo besa en la frente desahogándose con tiernas palabras.
Sancho quiere presentar su dimisión irrevocable al gobierno de la isla, ha de hacerlo ante los duques. El Dr. Pedro Recio quiere disuadirle, le promete más comida en adelante y menos juicios. Ya es tarde, Sancho quiere abandonar aquel territorio rápidamente y reunirse con don Quijote.

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