LAS AVENTURAS DEL CABO MARTÍNEZ (2)

 Los disparos alertaron a los vecinos y salieron de sus casas, alguno con la escopeta de caza en la mano y profiriendo gritos para intimidar al personal. Los tres sujetos, viendo el percal, salieron corriendo hacia el monte y desaparecieron de la vista de los lugareños. Mientras, en el interior de la cueva, el cabo sangraba como consecuencia del impacto recibido en el hombro y el Peris atendía a su superior lamentando no haber sido más expeditivo. Uno de los vecinos, viendo al cabo malherido, cogió su bici y se desplazó rápidamente a avisar al médico para dar parte de lo sucedido.  De allí, fue a casa del alcalde y este llamó a una ambulancia y al cuartelillo y subió a la cueva raudo y veloz.

El cabo Martínez, de nombre Ramón, había nacido en el pueblo riojano de Anguiano; podía haber nacido en cualquier otro sitio, pues su padre también había sido guardia civil y anduvo de destino en destino por los pueblos de la ribera del Ebro y el Jalón.  Hacía ya dos años que había llegado a la casa cuartel de Plasencia de Jalón acompañado de su mujer y dos hijas de corta edad. Enjuto, de ojos profundos y mirada avispada, era el prototipo de guardia, llamando la atención su bigote arreglado y corto propio de la época. 

Fábrica de aceite

Jamás había hecho alarde de su autoridad, aunque la ejercía,  y nunca, según él, abusó de la misma, aunque lo hizo; eso sí, era un leal servidor al cuerpo y a la patria. Se le conocían algunos hechos  reprochables; por ejemplo, el de haber desalojado de la zona de la fábrica de aceite de Bardallur a un par de carromatos de quinquilleros que se habían aposentado allí para pasar la noche, algo habitual entre  gitanos y mercheros. Al cabo se le cruzaron los cables y quería echar a la acequia Grande las mercaderías y todo el "hojalaterío" que portaban los transeúntes. Finalmente, se calmaron las aguas y los quinquilleros salieron escopeteados del lugar. Tanto en Plasencia, como en Bardallur, esta movida se difundió mediante el boca a boca en cuestión de minutos y dejó un cierto amargor en la gente por  la actuación del picoleto, al que, desde entonces temían como a una vara verde, dados sus cambios de humor. También era recordado por el episodio de haber abusado de autoridad con un vecino de Plasencia por estar trabajando en el campo siendo domingo, algo totalmente prohibido por las leyes franquistas. Solía asistir, como fuerza viva, a cuantos actos institucionales se realizaban en los pueblos y, por supuesto, a las comidas de las fiestas patronales, no obstante, era el comandante del puesto y eso, en aquella época era un cargo de relevancia. 

Los civiles rurales, en aquellos tiempos lejanos, se trasladaban a pie o usaban bicicletas pintadas de verde que llevaban un portafusil en un lateral -todavía los recuerdo siendo niño acercarse desde Plasencia por el camino que unía Bardallur con la villa y como salíamos corriendo del miedo que nos daban. Pero volvamos a los hechos acontecidos en la noche de marras,

(Continuará).

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