El mahumorado Sancho va a dejar de estarlo cuando el médico decide que puede comer. Así pues, Panza cena pantagruélicamente y decide ir a dar una vuelta por la ínsula para conocer qué gente se mueve por la noche. Resuelve varios casos y se va a acostar.
Mientras tanto, se desvela quiénes eran los encantadores que han zurrado y pellizcado a Don Quijote y a la dueña que no son otros que la duquesa y Altisidora, que al oír hablar mal de ellas a la pareja, optan por sacudirles una tunda para escarmentarlos por su plática.
Los duques, siguiendo con las bromas -como podéis apreciar eran unos cachondos, eso sí, algo crueles-, envían a Teresa Panza una carta que es llevada por un paje. En la misiva, se relatan las andanzas gubernamentales de Sancho y la mujer, sin dudarlo, lo cuenta a viva voz por todo el pueblo, quedando maravillados tanto el cura, como el barbero. Teresa decide contestar a los duques y envía también , a través del paje, una carta a su marido.
Entre tanto, Sancho se enfrenta a un nuevo juicio: Este era un terreno dividido por un río; el río era atravesado por un puente, al final del puente había una horca y una casa en la cual se juzgaba a todo aquel que pasara de forma que aquel que mintiera al preguntarle a donde iba sería ahorcado. Por lo general, todos decían la verdad, pero un día se les apareció un hombre que dijo que únicamente venía a morir en la horca. Pero los jueces no supieron qué hacer ya que si le ahorcaban el hombre habría dicho la verdad y no habría merecido morir, pero si le dejaban ir, el hombre había dicho mentira y merecería ser colgado en la horca.
Sancho después de pensar detenidamente recuerda algo que le había dicho don Quijote, lo cual decía que cuando la ley estuviese en duda, debería decantarse del lado de la pobreza y humildad. Con lo cual, Sancho les dice que dejen ir al hombre.
(Continuará)

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