LA MUERTE DE ENGRACIA


SANTA ENGRACIA (¿?-¿304?) nació en Braccara, la actual Braga, Portugal, a finales del siglo III, en la época en que se desataron las crueles persecuciones anticristianas decretadas por el emperador Diocleciano.

La tradición cuenta que Santa Engracia era una agraciada joven que creció y se formó dentro del cristianismo. Cuando estuvo en edad casadera, su padre arregló su matrimonio con el hijo de un gran señor en una villa al otro lado de los Pirineos.

El itinerario del grupo pasaba forzosamente por Zaragoza. La lusa, cuando presencia las atrocidades que se estaban cometiendo ahí en contra de sus hermanos de fe, es incapaz de quedarse callada, y acude con indignación ante el prefecto Daciano, máxima autoridad de la ciudad, para reclamarle por tanta injusticia.

Según la tradición, tal día como hoy, Daciano la hace detener al no renegar de su fe y los sanguinarios esbirros del prefecto la arrastran por el suelo cogiéndola por los cabellos y desgarrando con garfios su cuerpo, ahondando hasta el hígado. Pero como era una bendita, ella sonríe a los suyos (Optato, Marcial, Urbano, Fausto, Julio, Januario, Quintiliano, Publio, Frontonio, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Matutino, Apodemio, Casiano y Lupercio), dando ejemplo y guardando silencio. Ni un ¡ay! se escapa de su boca. Su serenidad enfurece tanto, que el verdugo mayor hinca  en el centro de su frente un clavo enorme que le causa la muerte; clavo que nadie puede sacar después. Los acompañantes prueban uno por uno, inútilmente, y también uno a uno van siendo decapitados. Fue imposible su identificación; ni se intenta; se les entierra formando el macabro montón conocido en las tierras aragonesas por las Santas Masas o los Innumerables Mártires de Zaragoza.

Con el tiempo, Santa Engracia tuvo capilla y quienes lograban rozar el clavo, sanaban. Juan II de Aragón (1398-1479) pidió que le pasaran el clavo por los ojos enfermos y como recuperó la visión -gracias a un médico judío- mandó construir un monasterio de jerónimos en ese lugar.

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