En él, en ningún momento refleja una posición partidista, aunque veladamente hace referencia a los creyentes y su defensa, pero también, hace un llamamiento a la hermandad, al perdón, al amor a los semejantes, a que recen por sus almas y se proclama Papa de todos los españoles.
Algunos de los asistentes, los más ultranacionalistas y defensores a ultranza de Franco, salieron indignados e incluso, tiraron el papel al suelo, entre ellos, Luis Antonio de Vega, periodista y arabista que estuvo en Burgos en la Oficina de Prensa franquista. El escrito llegó a manos de Franco que lo manipuló para su beneficio e hizo creer al clero español que esa era la carta original. En seguida,
los obispos se lanzaron en tromba a definir el asunto como si fuera una cruzada y, por supuesto, la carta también llegó a los republicanos que creyeron que el Papa había tomado partido.
En julio de 1938, viendo que Francia reconocía al nuevo régimen, Pio XI hizo lo propio y tomó partido, rompiendo con la República.

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