Ayer por la mañana, mientras estaba paseando con mi perro Colín, noté que el frío de ayer, miércoles 1 de marzo en Andalucía, sobre todo en la parte más cálida (Occidente), había dejado una escarcha con la que los pies y las manos se te helaban.
Al pasar por un olivar, vi una cuadrilla de jornaleros/as que estaban podando y me decían que no podían aguantar el frío de las manos, y yo mismo me presté a encenderle una candela con el despojo de los olivos.
Años atrás, cuando no estaba tan mecanizado este trabajo, se realizaba con calabozo, tijeras y un serrucho, y claro, al ser superior ese esfuerzo se te calentaban las manos antes, pero hoy, las tijeras son eléctricas (batería) y casi todos los instrumentos de cortar también. Por eso mismo, el frío golpea con más fuerza y pasa lo mismo que en el verano con las altas temperaturas. Ahora, con el cambio climático, desde mayo hasta septiembre no hay forma de refrescarse. En el campo no hay aire acondicionado, solo el que te ofrece la Naturaleza.
Terminé la charla con ellos/as y seguí mi camino. Y durante mi trayecto, me acordé de ese aceite virgen extra que se extrae del fruto de los olivos y que solemos comprar en los comercios de alimentación, que después utilizamos en las tostadas y comidas.
Las huellas de las manos jornaleras están en cada chorreón de aceite, en cada sorbo de vino, en cada espiga de trigo o grano de arroz…
Pero, pocas veces nos paramos a pensar en esas manos de los hombres y mujeres del campo que están grieteadas, doloridas y "arrecías" que hacen posible que este oro líquido llegue a nuestras mesas, al igual que el arroz que nos comemos en una paella, el azúcar que utilizamos en el café a diario, o el vino que degustamos cuando estamos comiendo…
Las manos de los jornaleros/as son el alma de la alimentación.
Sin ellas, comer sería un lujo.
DIEGO CAÑAMERO





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