Ayer volvimos del pequeño viaje que hicimos estos tres días últimos. Estuvimos en la localidad serrana de Aracena, ubicada en Sierra Morena, en la provincia de Huelva. Es una población de 8.000 habitantes, blanca y limpia, con múltiples plazas y placitas y numerosas esculturas distribuidas por todo su límite urbano que está muy extendido por ser su caserío de baja altura.
El nombre de Aracena puede provenir del hispan-árabe Qstrena o del romano Arciena o de ninguno de los dos, pues no hay acuerdo. Los Caballeros del Hospital la conquistaron a los musulmanes y construyeron el monumental castillo con un sentido defensivo más que residencial. El pueblo fue creciendo a las faldas del castillo con la repoblación de gallegos, leoneses y castellanos y en los siglos sucesivos fue llegando más gente de las aldeas y pueblos vecinos. En el primer tercio del siglo XX, el mecenas Miguel Sánchez-Dalp, marqués de Aracena, impulsó la ciudad con edificios construidos por el arquitecto regionalista sevillano Aníbal González -autor de la plaza de España de Sevilla- como el casino Arias Montano, el edificio del ayuntamiento, el lavadero...
Pero volvamos al viaje. Salimos de El Puerto cayendo cuatro gotas, pero ya, llegando a Sevilla, empezó a llover a rachas y nos temimos lo peor. Afortunadamente, la lluvia fue amainando y al llegar a Aracena apenas se hacía notar, solo, de vez en cuando, un pequeño sirimiri. Dejamos el coche y el equipaje en el hotel y salimos a dar una vuelta. Contemplamos la plaza del Marqués y el edificio del casino y entramos en su bar. Lo más cutre del pueblo, con seguridad. Más abajo, deambulamos por la Gran Vía y paramos en alguno que otro bar -algunos estaban cerrados por ser lunes-, tomamos unas migas de tapa y media ración de jamón en otro restaurante llamado "Las Tinajas", un tanto decadente, pero con muchos comensales buscando su generoso menú.
Para comer, nos sentamos en "El Rincón de Juan", un pequeño establecimiento cerca del hotel con una gran variedad de oferta a precios más que asequibles y de una rapidez vertiginosa en servir los platos, pese al gran número de mesas ocupadas. Por la tarde, después de descansar un rato, volvimos a salir a probar jamón y alguna que otra especialidad de la zona.
No entramos, pero sí en los mesones y bares que hay cerca, al reclamo de los turistas. No vimos muchos, salvo tres o cuatro autobuses de personas mayores portuguesas. Aquí, intentamos entrar en el restaurante "Las Casas", donde dicen que se come el mejor jamón del mundo, pero solo es restaurante y a nosotros, lo que nos va es la barra, así que decidimos meternos en el "Montecruz", un local muy bonito decorado con mucho gusto y sabor a la tierra. Pedimos jamón, claro; bastante mejor que el que habíamos comido con anterioridad en dos ocasiones.
Luego, al paso, estuvimos en un par de ellos más, sin mucha personalidad y volvimos a "Las Tinajas" donde probamos un suculento potaje serrano y unas albóndigas al PX. Volvimos al hotel y, en vistas a que no paraba de llover y que mi cuerpo, pese a estar en la sierra no estaba muy serrano, nos quedamos allí sin salir. El miércoles, tras desayuna unas tostadas con jamón -el mejor que degustamos-, tomamos rumbo a El Puerto ya sin lluvia alguna.
Más información: https://www.aracena.es/es/








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