ARTÍCULO

Cuando en 1931 Azaña pronunció el discurso en el que afirmaba que España había dejado de ser católica, desató la ira de los sectores más reaccionarios y cavernícolas del país, sin embargo, el último presidente de la II República española, que casi todos los domingos viajaba al Escorial para hablar con los frailes agustinos que allí moraban, no se refería a las creencias particulares que cada cual pudiera tener, sino al peso que la religión había tenido a lo largo de nuestra historia y a la necesidad de separarla totalmente del Estado para entregársela a la intimidad de las personas.

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(Colab. JMTP).

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