Poco antes del inicio de la Guerra Civil española de 1936, Buñuel
conoció a Santiago Carrillo, por aquel entonces Secretario General de las
Juventudes Socialistas Unificadas. En cierta ocasión, Luis se acercó a la sede
de la organización y le pidió a Carrillo un revólver, pero éste no se lo pudo
entregar por carecer de él; sin embargo, sí consiguió que le entregaran un
fusil, aunque, al poco lo devolvió. Así narra Buñuel su pequeña aventura con el
arma y otros sucesos de los primeros meses de la contienda:
“Un día, en la Plaza de la Independencia, donde me
encontraba con unos amigos, comenzaron los tiroteos. Se disparaba desde los
tejados, desde las ventanas, desde la calle, en medio de la más absoluta
confusión, y allí estaba yo, detrás de un árbol, con mi fusil inútil, sin saber
contra quién disparar. ¿Para qué, entonces, conservar un fusil? Lo devolví.
Los tres primeros meses fueron los peores. Como a muchos de
mis amigos, me obsesionaba la terrible ausencia de control. Yo, que había
deseado ardientemente, la subversión, el derrocamiento del orden establecido,
colocado de pronto en el centro del volcán, sentía miedo. Si algunos gestos me
parecían insensatos y magníficos –como aquellos obreros que, un buen día,
subieron a un camión, fueron hasta el monumento al Sagrado Corazón de Jesús,
levantado a unos veinte kilómetros de Madrid, formaron un pelotón de ejecución
y fusilaron con todas las de la ley a la gran estatua de Cristo-, detestaba, en
cambio, la ejecuciones sumarias, el pillaje, todos los actos de bandidismo. El
pueblo se rebelaba, tomaba el poder e inmediatamente se dividía y se
desgarraba. Injustificados arreglos de cuentas hacían olvidar la guerra esencial,
la única que hubiera debido contar”.
Buñuel frecuentaba en aquella época las reuniones de la Liga
de Escritores revolucionarios a la que pertenecían algunos de sus amigos como
Alberti, Bergamín, Corpus Varga, Altolaguirre…En esas tertulias interminables y
apasionadas discutían y se enfrentaban con espontaneidad a todo tipo de temas
que iban del desorden al orden y la paz y se pasaban las horas elaborando
teorías.
Franco avanzaba sin piedad y, todo sospechoso de liberalismo
era ejecutado en el acto. Por su parte, los anarquistas perseguían a los
sacerdotes para hacer lo mismo, algo que, pese a su anticlericalismo, Buñuel no
compartía.
(Sic) “No se crea, sin embargo, que los sacerdotes no
participaron en los combates. Tomaron las armas, como todo el mundo. Algunos
disparaban desde lo alto de sus campanarios, y se vio, incluso, a varios
dominicos manejar una ametralladora. Si bien algunos miembros del clero se
alineaban en el bando republicano, la mayoría se afirmaba claramente fascista.
La guerra era total. Imposible permanecer neutral en medio de la lucha,
pertenecer a esa “tercera España” en que algunos soñaban oscuramente”.
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