LOS REYES CATÓLICOS EN ANDALUCÍA (5)

El 27 de octubre de 1483, el marqués de Cádiz dirige la acción encaminada a la recuperación de Zahara y, para ello, cuenta de nuevo con Juan Ortega de Prado, el escalador, principal artífice, como ya vimos, de la toma de Alhama. Así relata el cronista castellano Alonso de Palencia los hechos:

Imagen de Zahara de la Sierra (Cádiz)

«En altas horas de una noche oscura, Ortega de Prado, adalid valiente y muy ágil para echar las escalas, se ocultó con otros nueve soldados escogidos en las cavernas que formaban las rocas al pie de las murallas, con orden de aguardar en silencio a que al romper el alba otros diez de a caballo, acercándose rápidamente a los moros, los retasen a escaramuza. Mas mientras el resto de la guarnición atendía a la custodia de las puertas de la villa, los diez emboscados, a una señal dada por sus corredores, debían arrimar las escalas a la otra parte de la población por donde los moros no temían ser atacados, y subir inmediatamente al muro. El éxito coronó el plan del marqués, que sólo se equivocó en el cálculo de los guardas de la villa, y del alcázar, que supuso no pasarían de veinte, cuando en los momentos en que teniendo ya los nuestros con trabajo las escalas arrimadas a los muros, a las voces de un abro que desde una altura avisaba el ataque de la plaza, acudieron rápidamente cerca de cincuenta, y dejando cuatro en guarda de las puertas, acometieron a los pocos escaladores.
Estaban éstos armados a la ligera, para mayor facilidad en la escala, sólo protegidos por adargas y capacetes, y así se defendieron trabajosamente con sus espadas y puñales de los cincuenta enemigos armados de lanzas y revestidos de corazas. Pronto tendieron por tierra a los diez cristianos y se lanzaron contra los que combatían las puertas. Corrían mayor peligro aquellos pocos escaladores de los nuestros, porque como peleaban en la parte baja de la villa, eran blanco de 1a nube de piedras lanzadas por los moros desde las alturas. Pero el gran corazón de los nuestros no se amilanó en aquel aprieto, y con maravillosa fortaleza resistieron impertérritos con su valiente adalid Ortega hasta que el marqués, con un puñado de hombres, trepando por las escalas, vino en su auxilio y dio entrada a otros muchos que combatían las puertas de la villa»
Cuatro muertos y unos veinte heridos costó a los cristianos la recuperación de la que había sido prenda de la discordia y mecha que puso fuego a la guerra granadino-castellana.


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