Los últimos momentos de Juan de Lanuza, de Eduardo López del Plano.
1591, las tropas de Felipe I de Aragón (II de España) cruzaron la frontera y se dirigieron a Zaragoza para restablecer el orden y reprimir a los fueristas participantes en el asunto de Antonio Pérez. El Justicia de Aragón Juan de Lanuza V,«el Joven» o «el Mozo», se vio, casi inconscientemente, colocado al frente de la resistencia aragonesa de los «caballeros de la libertad» y como caudillo del ejército «fuerista» pretendió detener la invasión de las tropas reales -cuya acción declaró «contrafuero»- y levantar en el intento tanto a los aragoneses como a valencianos y catalanes, como partes integrantes de la Corona de Aragón. Fracasó en tal propósito, así como también, estrepitosamente, en organizar un «ejército foral» cuyas escuálidas y desorganizadas huestes hubo de abandonar en Utebo en compañía del diputado -y su inspirador personal- don Juan de Luna.
Refugiados en Épila -villa bajo el dominio de Luis Ximénez de Urrea, conde de Aranda el más sobresaliente cabecilla de la rebeldía aragonesa antifilipina-, y tras dirigir ambos un «manifiesto» de justificación de la rebeldía, Lanuza regresó de nuevo a Zaragoza creyendo que la victoria de Felipe I había pacificado el ambiente y que él, a pesar de su imprudente actitud, se hallaba libre de todo cargo; pero ante el deseo de castigo a los rebeldes y de lograr pleno restablecimiento de la autoridad, Felipe I optó por realizar castigos ejemplares como escarmientos por la rebeldía pasada, que, entre otros efectos, había originado la huida de Zaragoza de Antonio Pérez el 10 de noviembre, quien pasó a Francia trece días después.
Juan de Lanuza «el Mozo», fue detenido y ejecutado sin proceso previo (según la propuesta que hizo al rey la Junta nombrada para el castigo). Lanuza exclamó ante el cadalso, al oír que el pregón que lo calificaba de traidor: «Traidor no, mal aconsejado sí». La sentencia se ejecutó en la plaza del Mercado de Zaragoza el 20-XII-1591, y su muerte fue llorada por todos los aragoneses. Su cadáver -sin la cabeza, que fue expuesta en la plaza durante dos años- fue enterrado en el monasterio de San Francisco y llevado a la tumba con plenos honores a la dignidad de su cargo.
También fueron presos y trasladados a Castilla, donde murieron, los jefes de la nobleza «fuerista», duque de Villahermosa y conde de Aranda. Al año siguiente -1592- el rey convocó las Cortes aragonesas en Tarazona en las cuales, si bien no se suprimieron los Fueros -como se ha dicho, con evidente error-, sí que se adaptaron al respeto a la autoridad real. El cargo de Justicia Mayor de Aragón continuó existiendo, pero se prefirió otorgarlo desde entonces a personas destacadas por su experiencia o preparación jurídica.

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