Mantener una democracia fuerte requiere de muchos equilibrios. Y la justicia, punto central en ese juego de contrapesos, ha de ser tratada con especial cuidado y hasta mimo.
Como el fiscal anticorrupción Manuel Moix, ya pillado en más de un vergonzante renuncio y descubiertos sus juegos de manos para intervenir en los casos que afectaban al PP, y ahí tienen a Ignacio González y sus amigos. Más de diez años llevaba en Madrid y jamás pilló a ningún corrupto, cuando los había a patadas por metro cuadrado.El PP de Rajoy y sus ministros del Interior y de Justicia -extraños vasos comunicantes- han acabado con el prestigio y respeto que la sociedad adjudicaba a jueces y fiscales. Ya nadie cree que un fiscal general como José Manuel Maza, entronizado a martillazos en su cargo por el Gobierno, pueda jugar ese papel de independencia que debería guiar sus acciones.
Ambos, Maza y Moix, al igual que el presidente del Constitucional o del Supremo, bien arropados por el ministro de Justicia, Rafael Catalá, un prodigio en la depurada profesionalidad de sacudirse las pulgas.
El videoconferenciante Rajoy acude obligado al Congreso y ni siquiera es capaz de decir que investigará las denuncias. En el PP todos somos inocentes, se defiende con cara de hormigón armado.
¿De qué partido serán las decenas de corruptos y tramposos que colapsan Soto del Real?
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