También existían diferencias entre los hijosdalgo o infanzones (unas
veces son equivalentes ambos términos pero en otras se advierte una
connotación de estima superior en el segundo, probablemente por ser más
antiguo) ya que se continuaba distinguiendo entre los de «sangre»
(naturaleza, cuya pureza se comprobaba mediante procesos para ingresar
en distintas asociaciones o cofradías, o notorios (descendientes de hidalgos con
ejecutorias) —a los que se podían agregar los de solar conocido— y los
de «privilegio», reducidos por los tratadistas a tres categorías:
1. Los de privilegio general (los ciudadanos honrados de Zaragoza).
2. De privilegio personal: a) por ley (los doctores en Derecho).
b) por privilegio del príncipe: hijosdalgo de carta o francos; sólo
gozaban de exención con respecto al rey pero no en cuanto al Reino,
debiendo de contribuir como los hombres de condición.
3. De privilegio local: las concedidas por los soberanos a determinados
lugares, dando privilegio de hijosdalgo a sus naturales, como era el caso
de Luna, Erla, Ejea de los Caballeros, Tauste, Sos, Uncastillo y Sádaba
(las Cinco Villas tenían a sus representantes en Cortes en el Brazo de
Caballeros e Hijosdalgo).
Parece que la «hidalguía» de los ciudadanos honrados de la ciudad de
Zaragoza quedaba clara en la época, pero también se manifiestan grados,
ya que para ser elegidos como diputados del Reino era preciso que
estuvieran «insaculados» en una de las tres primeras bolsas de jurado —se excluía a los de cuarta y quinta—, lo cual hace dudar en el momento de
una definición precisa de «nobleza». La «situación» prenobiliar de las
autoridades de comunidades y municipios de los demás territorios
realengos aragoneses la presentamos con una fórmula simplificadora de una
compleja realidad, dado que en algunos municipios, en los que se admitía
a hijosdalgo en los cargos municipales, se hacía que éstos renunciaran a
sus privilegios de exención de cargas vecinales; sin embargo no por ello
perdían su condición, lo cual permitía a los restantes munícipes —siempre
de altos cargos— hallarse en condiciones de adquirir, si no la calidad, sí la estima social equivalente que conduciría, con el tiempo y el dinero,
a la hidalguía.

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