No es extraño en este complicado mundo nobiliar hallar hidalgos
dedicados a determinadas actividades mercantiles o de otro tipo, con lo
cual veían disminuida su condición. Puede servir de ejemplo el de los
plateros de Zaragoza en 1678, quienes solicitaban —en el caso de ser
hidalgos— que les fuera permitido tener acceso el Brazo de caballeros e
hijosdalgo; las Cortes consideraron que cuando los plateros zaragozanos
tuvieran «calidad» de caballeros hijosdalgo podrían gozar de todas las
perrogativas de quienes asistían a las Cortes, pero sin poder concurrir a
ellas; el caso contrario fue el protagonizado por los «profesores» de
pintura, quienes recibieron el reconocimiento de profesión liberal y el
privilegio solicitado.
En realidad, y hasta la Nueva Planta (Decreto de Felipe V), no parece que hubiera excesivas
posibilidades de llegar en Aragón al estado noble, y por ello, aunque
todavía no pueden aventurarse informaciones de carácter cuantitativo, sí
es notorio a los investigadores el número reducido del mismo, y al que
naturalmente intentarían sumarse los profesionales del medio urbano
(médicos, notarios, juristas, mercaderes...), los cuales previamente conseguían
las «letras» o carta de vecindad que, en el caso de Zaragoza, les
daban derecho a gozar de los privilegios reales concedidos a la ciudad y
especialmente el que se refería a la utilización de pastos por casi todo
Aragón, y cuya obtención, a partir de 1600, se hizo más restrictiva ya que
era necesaria para alcanzarla una residencia y unas condiciones que
concretamos:
. Para naturales de Aragón: 5 años de residencia con casa y familia,
prueba de «moribus et vitae» (costumbre y vida) y abonar 300 sueldos.
. Para extranjeros: 10 años de residencia con casa y familia, la misma
prueba que en casos anteriores y abonar 500 sueldos.
En otra situación se encontraban los artesanos, pequeños industriales
que desde la maestría (a cuyo estado también era costoso llegar) si se
hacían con un pequeño capital, normalmente lo empleaban en buscar la
ocasión de ennoblecerse y abandonar las tareas mecánicas o los negocios,
dando lugar a lo que Braudel ha denominado «traición de la burguesía».

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