HISTORIAS DE LA PUTA MILI (2)


Esta era la pinta que teníamos por aquel entonces (yo no estoy e ella)

Cuando me fui a la mili salí de Zaragoza en tren hasta Atocha. Allí nos tuvieron en una explanada un par de horas con un calor sofocante hasta que pillamos otro tren a Córdoba y, de allí, en camiones, al C.I.R. nº 5, dejando a unos cuantos en el campamento de más abajo llamado Obejo. El tren iba cargado de pelusos como yo, bueno, todavía no lo éramos hasta que llegamos al campamento y pasamos todos por la maquinilla. Yo que siempre había llevado el pelo bastante largo, casi no me reconozco. No me acordaba que tenía los orejones de ese calibre. Al día siguiente, nos dieron la ropa y unas cuantas charlas y al tercer día, me preguntaron cuál era mi profesión, al decírselo, me mandaron con un martillo pilón a hacer, junto a otros reclutas, una piscina para los suboficiales. Del traqueteo de artefacto me salieron unas "burras" en las manos que estuve varios días sin poder trabajar tan duramente. En la compañía, junto a mi puesto, había un canario que estaba como una chota, fumaba los típicos -y fortísimos- cigarrillos "Mecánicos" y me pidió que le dibujara una cruz en el brazo para hacerse un tatuaje a lo bestia.

Le hice lo que me pidió y con una cuchilla de afeitar...ya os podéis imaginar. Tuvo que ir a la enfermería para que no se le infectasen los cortes. Otro día, debajo de los chaparros, donde nos daban las clases teóricas, un teniente nos explicaba sobre las fuerzas armadas y yo le hice una pregunta que no supo contestar. Inmediatamente me mandó a por agua con dos botijos para refrescar a la tropa. Una de las veces que fuimos al campo de tiro, que estaba bastante lejos, el correaje del cetme me hizo tal rozadura en el hombro que me tuve que poner un pañuelo de almohadilla para poder soportar el peso del arma. Por cierto, era buen tirador, de los mejores de la compañía, debía ser por haber tenido siempre escopeta de perdigones.

Por las tardes teníamos unas horas libres antes de la cena que muchos ni la hacían, pues iban a las cantinas que había cerca del campamento a comerse los completos (huevos fritos, lomo, pimientos y patatas fritas). Los que andábamos escasos de pelas, nos conformábamos con ir a la cantina del batallón y allí nos tomábamos unas cervecillas y algún que otro cubata dando un trago a la botella de pepsi y agregando después la ginebra, de garrafón, por supuesto. La comida era mala de solemnidad. La carne era argentina y congelada que podía llevar así más de 20 años, cuando el "hermano Perón" nos enviaba cereales y carne para ayudar al régimen franquista.
Mañana más.

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