
Alfonso I El Batallador falleció el 7 de septiembre de 1134 en Poleñino (Huesca). La muerte del monarca pudo ser efecto de las heridas inferidas en la batalla de Fraga, o bien, el hundimiento moral que supuso la derrota, o ambas cosas. Fue enterrado en Montearagón, y posteriormente en San Pedro el Viejo de Huesca, junto a su hermano Ramiro el Monje. El rey formuló dos testamentos para que no hubiera dudas: Bayona (1131) y Sariñena (1134). Dice el testamento: "en el nombre del bien más grande e incomparable que es Dios. Yo, Alfonso, rey de Aragón y Pamplona (...) con buen ánimo y espontánea voluntad (...) dejo como herederos y sucesores míos al Sepulcro del Señor que está en Jerusalén, y a los que cuidan y sirven allí a Dios, y al Hospital de los Pobres, que está en Jerusalén, y al Temple de Salomón con los caballeros que vigilan allí para la defensa del nombre de la Cristiandad. A estos tres dejo todo mi reino (...) y todo esto lo hago por la salvación del alma de mi padre y de mi madre y la remisión de los pecados y por merecer un lugar en la vida eterna...
Para no alargarme, si queréis saber más del asunto, podéis leer lo que queda de la entrada en TEXTOS DIVERSOS.
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