Tras el asunto de las imágenes de los caballeros santos, una nueva aventura espera a nuestros personajes. Don Quijote topa con unas redes verdes que el cree encantadas. Él se dispone a desembarazarse de ellas, pero, de repente, salen dos doncellas vestidas de pastoras que encandilan a los manchegos. Una de ellas le conmina a no partirlas, puesto que están allí para divertimento de ellas -eran redes para coger pajarillos- y, además, dicen conocer las andanzas del caballero manchego por estar impresas, rogándoles que les acompañen a comer con ellas y con los otros acompañantes que estaban próximos. Terminada la comida, Don Quijote eleva la voz y dice que el peor pecado es el desagradecimiento y que como lo han tratado tan bien, él estará dos días en el camino que va a Zaragoza diciendo a todo el que pase que son las mas hermosas y corteses doncellas que ha conocido, exceptuando a su señora Dulcinea. De inmediato, sube a lomos de Rocinante y Sancho a los de su rucio y se colocan en el camino. En esto, ven a lo lejos llegar "muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos dellos con lanzas en las manos, caminando todos apiñados, de tropel y a gran priesa". Todos se apartan, menos Don Quijote y Sancho y entonces, llega "el tropel de los lanceros, y uno dellos que venía más delante a grandes voces comenzó a decir a don Quijote:
—¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos toros!
—¡Ea, canalla —respondió don Quijote—, para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines, así, a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado; si no, conmigo sois en batalla".
No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don Quijote le tuvo de desviarse, aunque quisiera, y, así, el tropel de los toros bravos y el de los mansos cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar los llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobre don Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en tierra, echándole a rodar por el suelo. Quedó molido Sancho, espantado don Quijote, aporreado el rucio y no muy católico Rocinante, pero en fin se levantaron todos, y don Quijote a gran priesa, tropezando aquí y cayendo allí, comenzó a correr tras la vacada, diciendo a voces:
—¡Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera, el cual no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que huye, hacerle la puente de plata".

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