
El lunes, antes de ir al Club Náutico, me acordé que no me había llevado una gorra y, tras aparcar con mucha suerte, me dirigí al mercadillo ambulante que casi todos los martes se ubica en la zona próxima a la playa de la Puntilla. Nunca había estado. Eran las 11:45 y me metí en la vorágine de los puestos en busca de la susodicha gorra. No me podía imaginar la cantidad de gente que había, del género femenino, sobre todo. El pasillo que separaba los 190 puestos estaba atestado de personas y tuve que ir esquivando como pude a todo el gentío que me venía de frente -las medidas de seguridad brillaban por su ausencia-. El vocerío de los vendedores anunciando sus producto y el precio, destacaba por encima del run run de los posibles compradores: ¡ A dos euros, oiga" ¡A dos euros"; ¡Señora, que me lo quitan de las manos"; ¡Vamos, vamos, casi regalado! y otras llamadas a la clientela. Tras recorrer numerosos puestos de ropa de cama, ropa barata, ropa de interior, zapatos, artesanía, frutos secos, encurtidos, herbolarios..., encontré la gorra. En cuanto estuvo en mi poder -sin regatear, lo que quería era salir cuanto antes-, sorteando personas y más personas, llegué al "final del túnel" donde había una churrería despachando chocolate. cafés y la fritanga característica. Espero no volver a tener esta desagradable experiencia.
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