LAS AVENTURAS DEL CABO MARTÍNEZ (3)

 D. Federico, el médico del pueblo, entró en la cueva donde estaban los guardias y  rápidamente atendió al cabo que, por suerte, no había perdido el sentido. Observó la herida y, viendo que podía ser más grave de lo que se observaba a simple vista, optó por hacer una cura de urgencia y esperar a que llegara la ambulancia. Mientras, el cabo juraba en sánscrito y en arameo y no dejaba de decir que no cejaría hasta acabar con los insurrectos. D. Federico, certificó la muerte del sujeto al que Peris había disparado y, en esos momentos, llegó el alcalde confirmando que había llamado al cuartelillo y al juez para que pudiese dar fe del óbito y proceder al levantamiento del cadáver.

La noticia ya había llegado a conocimiento de la mayoría de los vecinos y, poco a poco, fueron subiendo hacia las cuevas para curiosear y comentar la situación. No se conocía  un tiroteo como este en la localidad y mucho menos con un muerto y un herido. Todos cuchicheaban y elucubraban sobre qué pasaría a partir de estos acontecimientos.


Antonio Peris había nacido en un pueblo soriano y pertenecía a una familia de jornaleros. En cuanto pudo, viendo las escasas perspectivas que había en la zona, decidió hacerse guardia o policía armada, como ocurría en aquellos tiempos en la mayoría de los pueblos. Optó por la primero y, aunque le costó entrar en la Institución armada, logró aprobar y, en primera instancia, fue destinado a Medinaceli donde permaneció dos años; al tercero, solicitó Plasencia, lo consiguió y ya llevaba en la villa dos años residiendo en la casa cuartel. Estaba soltero y era muy aficionado al fútbol, forofo del Real Zaragoza y, en sus ratos libres, jugador amateur. Jamás pensaba que tendría que utilizar el arma y menos dejando un muerto tras de sí, pero la vida siempre da sorpresas, muchas de ellas desagradables y el haber matado a una persona lo marcaría para siempre. Le esperaba un largo infierno dando explicaciones a diestro y siniestro y solo esperaba que no le trajese consecuencias negativas para su progresión como guardia civil, pues quería llegar, como mínimo, a cabo primero y ser destinado a una ciudad o pueblo más grande.

El cabo Martínez fue trasladado en la ambulancia al hospital militar de Zaragoza y allí lo intervinieron para sacarle la bala que se le había quedado alojada en su hombro. Cuando lo llevaron a planta, lo primero que preguntó fue cuánto tiempo tenía que permanecer allí, pues deseaba salir cuanto antes para poder participar en la captura de los malhechores
. Cuando le dijeron que, como mínimo una semana, le entró el malhumor del que a veces hacía gala y suplicó que le redujeran la estancia, tal era rabia que le corroía y el deseo obsesivo de atrapar a la banda. Los facultativos lo calmaron diciéndole que había que esperar a ver cómo evolucionaba la herida y allí quedo postrado esperando la visita de su familia.

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