LAS AVENTURAS DEL CABO MARTÍNEZ (1)

EL TRINQUETE

 El cabo Martínez se hallaba escondido en la parte lateral del Trinquete, mientras el número Peris, lo estaba en el otro. Se encontraban realizando una operación de vigilancia para controlar la plaza de la Tia Rita y los cuatro caminos (el escabroso paso hacia la plaza por el Corralón, la costera de la casa del "Orejudo", la otra costera hacia las cuevas de los Valero y el barranco)  por los que podía aparecer alguna persona sospechosa. Eran las tres de la mañana y la luna, en cuarto creciente, dejaba un halo de luz entre las nubes. Ambos portaban su capote reglamentario de 4 kilos de peso, su mosquetón M1916 convertido a 7,62 mm NATO en los años sesenta, su pistola STAR 1940 y las municiones correspondientes; los dos se habían quitado el tricornio para que el charol no les gastase una mala pasada. Los dos guardias civiles no se habían visto nunca en una situación parecida, pues su labor había sido hasta entonces, la de recorrer los pueblos y caminos controlando altercados y robos en las huertas. Pero, aquel día, la misión que les ocupaba era de otra magnitud. Con el arma en las manos se sentían seguros, aunque nunca se sabía qué podía suceder.

Hacía unos días que habían llegado al cuartel de Plasencia noticias de que varios presos  se habían escapado de un tren que los llevaba a la cárcel de Torrero de Zaragoza. Se creía que habían cruzado un vado del Jalón, en el término de Bardallur y que se habían refugiado en alguna de las cuevas vacías de la localidad. También había rumores que que tenían compinches que les habrían ayudado en su fuga y que los esconderían durante un tiempo. La gente del pueblo estaba un tanto alterada y con miedo, pues los malhechores tenían fama en toda la provincia de ser violentos y sanguinarios.

La noche estaba fresca y se podía ver el vapor que expelían los dos hombres por sus bocas. El cabo Martínez estaba cansado de la vigilancia y se le abría la boca de vez en cuando, señal de aburrimiento y sueño, hasta el punto de dar dos o tres cabezadas. Peris, sin embargo, era más joven y mantenía el tipo en su puesto sin pestañear. Los minutos iban pasando y no había movimiento alguno. De repente, alguien se paró en el Cabezo `caido´  y  encendió un cigarro. El guardia alertó al cabo y este, dando un respingo, asomó la cabeza hacia la zona. No veía nada, la escasa luz lunar le impedía vislumbrar la figura del fumador, que se había mimetizado con las rocas. El brillo de la punta del cigarrillo apareció de nuevo y, al momento, se mostró la silueta de otra persona que avanzaba a grandes zancadas. Se paró junto al otro individuo y le susurró algo que hizo que los dos volvieran sobre sus pasos. Fue el momento que aprovecharon los picoletos para iniciar un movimiento envolvente e ir a por ellos. El cabo indicó a Peris que bajase por el callejón de los Franchos y se dirigiera a la plaza por el lado izquierdo; él, mientras tanto, bajaría por la calle de "El Centro" y, una vez en el barranco, se desplazaría  por el lateral del almacén de los Trigo para subir  por la costera de los Valeros hasta la replaceta de la casa de "el Polito" y "el Setas" y coger el sendero que va a las cuevas del fondo del barranco. Peris, por su parte, había subido hacia el cabezo `caido´ por el abrupto acceso desde la plaza y, sigilosamente, se fue acercando hacia las cuevas. Vio al cabo y le hizo una señal, pero Martínez no se percató. 

LAS CUEVAS

Por fin, llegaron casi a la vez, y prepararon las armas. Adentro se oían voces que discutían y los dos guardias aprovecharon la coyuntura para dar una patada a la puerta sorprendiendo a las cuatro personas que estaban sentadas alrededor de una mesa bebiendo y fumando. Martínez gritó el consabido "¡Alto a la Guardia Civil!" y apuntó a los individuos, Peris, por su parte, se situó en un lateral y ordenó levantar las manos  y colocarlas detrás de la cabeza. Los cuatro lo hicieron con un movimiento lento y cadencioso y el guardia hizo intención de empezar a ponerles las esposas; sin embargo, uno de ellos hizo un rápido movimiento y se apoderó de una pistola que estaba a su alcance, sonó una detonación a la vez que el cabo caía hacia atrás. Peris descerrajó un disparo al pistolero que quedó inmóvil en la silla con un agujero en la cabeza. Los otros tres, aprovecharon la situación, se abalanzaron sobre el civil y, desarmándolo, se hicieron con el control.

(Continuará)


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