La muerte del Borbón, en 1833, abre un nuevo periodo de inestabilidad marcado fundamentalmente por la Primera Guerra Carlista (1833-1840), los motines liberales y el proceso desamortizador. Por lo que respecta a la guerra, son constantes los intentos carlistas para apoderarse de Zaragoza, como los del 27 de febrero de 1834 (levantamiento carlista en el barrio del Arrabal, rápida y duramente sofocado) y el 5 de marzo de 1838, cuando la reacción de los vecinos hace fracasar un intento del general carlista Cabañero para tomar la ciudad por sorpresa. Relacionados también con la oposición al carlismo, el 3 de abril y el 4 de julio de 1835, sendos motines populares terminan con el asalto a varios conventos (La Victoria y el colegio franciscano de San Diego el 3 de abril y, Santo Domingo, San Lázaro y San Agustín el 4 de julio) y el asesinato de varios religiosos.
Tras un periodo de cierta estabilidad política y social, el 29 de septiembre de 1868, Zaragoza se une a la revolución conocida como La Gloriosa, iniciada el 18 de septiembre con el pronunciamiento del almirante Topete en Cádiz y que supuso el fin del reinado de Isabel II. El gobierno de la ciudad quedó en manos de una Junta Revolucionaria, disuelta tras la convocatoria de elecciones a Cortes constituyentes. Sin embargo, las diferencias sobre el nuevo sistema político a implantar (monárquicos contra republicanos) junto a problemas sociales, como la escasez de trabajo y las malas condiciones de vida de las clases populares, provocan diversos motines e insurrecciones. El 6 de octubre de 1869 estalló una revuelta republicana en la ciudad, reprimida con dureza el día 8 por las tropas del gobierno, en 1873 se produjeron movimientos cantonalistas en la ciudad y, en 1874, estalla un nuevo motín republicano.
En el plano económico, los inicios del siglo están marcados por la recuperación de los estragos causados por los Sitios. El avance social de la burguesía va a coincidir con la implantación de políticas económicas liberales que buscan fundamentalmente la liberalización de la propiedad de la tierra y cuya medida más trascendental fue la desamortización de los bienes eclesiásticos (la de Mendizábal-Toreno en 1835-36, y la de Madoz en 1855). Sin embargo, la consecuencia de estas medidas va a ser la concentración de estas tierras en manos sobre todo de miembros de la burguesía liberal, que consigue amasar grandes fortunas. Otra consecuencia de la desamortización es la búsqueda de usos civiles para los grandes edificios expropiados a la Iglesia: en 1837 el Ayuntamiento adquiere el convento de Santo Domingo (en la imagen de abajo) para instalar su sede (hasta entonces ubicada junto a la Lonja y el Puente de Piedra), y la recién creada Diputación Provincial de Zaragoza hace lo propio con el de San Francisco. Las obras de arte procedentes de los conventos desamortizados se depositan en el ex-convento de Santa Fe (serán la base del actual Museo de Zaragoza) y los libros de las bibliotecas conventuales pasan en engrosar una biblioteca pública instalada en el Real Seminario de San Carlos.
En el plano económico, los inicios del siglo están marcados por la recuperación de los estragos causados por los Sitios. El avance social de la burguesía va a coincidir con la implantación de políticas económicas liberales que buscan fundamentalmente la liberalización de la propiedad de la tierra y cuya medida más trascendental fue la desamortización de los bienes eclesiásticos (la de Mendizábal-Toreno en 1835-36, y la de Madoz en 1855). Sin embargo, la consecuencia de estas medidas va a ser la concentración de estas tierras en manos sobre todo de miembros de la burguesía liberal, que consigue amasar grandes fortunas. Otra consecuencia de la desamortización es la búsqueda de usos civiles para los grandes edificios expropiados a la Iglesia: en 1837 el Ayuntamiento adquiere el convento de Santo Domingo (en la imagen de abajo) para instalar su sede (hasta entonces ubicada junto a la Lonja y el Puente de Piedra), y la recién creada Diputación Provincial de Zaragoza hace lo propio con el de San Francisco. Las obras de arte procedentes de los conventos desamortizados se depositan en el ex-convento de Santa Fe (serán la base del actual Museo de Zaragoza) y los libros de las bibliotecas conventuales pasan en engrosar una biblioteca pública instalada en el Real Seminario de San Carlos.
Coincidiendo con el renacer de la economía local, Zaragoza comienza a superar poco a poco el estancamiento demográfico de principios de siglo. Así, en 1832 se había recuperado el número de 50.000 habitantes que había en 1808, en 1857 se había llegado a 63.446 y en 1877 a 89.222, mientras que en 1900 rozaba ya los 100.000.
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