Existe otro testimonio de gran valor sobre la vida de los cátaros en este período. Entre 1206 y 1207, un grupo de monjes cistercienses fueron enviados al sur de Francia por Inocencio III para predicar en aquella tierra de herejes. A lo largo de su itinerario, los miembros de la legación católica –en la que iban dos castellanos, el obispo Diego de Osma y su canónigo Domingo de Guzmán, futuro santo Domingo– fueron acogidos por la nobleza y celebraron varios debates públicos con los cátaros.
En 1207, se celebró en Montréal un debate que duró quince días y que marcaría la memoria de sus habitantes. En él se enfrentaron Diego de Osma y Domingo de Guzmán a Arnaldo Oth, Guilhabert de Castres y Benito de Termes, prelados de la jerarquía cátara de Carcasona y de Toulouse. La disputa empezó porque Arnaldo Oth, denunció la legitimidad de la Iglesia católica y de sus prelados, así como la validez de las ordenaciones y de los sacramentos que éstos conferían: «Arnaldo Oth niega que la Iglesia romana fuera la santa Iglesia y la Esposa de Cristo sino más bien la Iglesia del diablo y la doctrina de los demonios, afirmando que ésta era la Babilonia que Juan en el Apocalipsis acusaba de ser la madre de las fornicaciones y de las abominaciones, ebria de sangre de los santos y de los mártires de Jesucristo, y que su ordenación no era ni santa ni buena y que no había sido establecida por Cristo y que jamás ni Cristo ni los apóstoles habrían ordenado y decidido la misa tal como era hoy».
En marzo de 1208, el asesinato de Pedro de Castelnau, miembro de la legación cisterciense que había debatido con los cátaros, provocó el llamamiento del papa Inocencio III una cruzada para combatir la herejía del Languedoc. En la primavera de 1209, un impresionante ejército de cruzados procedentes de todas las regiones de la Cristiandad latina se dirigió hacia los territorios del conde de Toulouse y de los vizcondes de Carcasona con el fin de erradicar la herejía y obtener el perdón y la salvación de los que la combatían. La cruzada, con Simon de Montfort a la cabeza, con su cortejo de asedios y hogueras, puso fin a los tiempos en que los cátaros occitanos habían gozado de libertad y dio inicio a más de un siglo de represión, dirigida desde 1231 por la Inquisición.
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