Llegamos al lunes, último día de las fiestas. Es una jornada especial, pues un grupo de voluntarios prepara, desde el punto de la mañana lo que, por la tarde, se habrá convertido en un "rancho" formado por judías blancas con chorizo, oreja y manitas de cerdo, ajos incluidos y, dos calderos de patatas con bacalao y huevos. El proceso dura horas y la recogida de los guisos se hace a las 5 de la tarde portando tus propias cacerolas.
Los rancheros, posan ante su obra que, todavía está humeante y preparada para el reposo. Es de agradecer la participación de estas personas que velan por mantener las tradiciones como lo hicieron sus padres y abuelos. Esperemos que este emblemático acto de las fiestas de invierno siga perdurando y que las nuevas generaciones vayan ocupando poco a poco los lugares que vayan quedando vacantes por cualquier circunstancia.
Nosotros, pese a algunos trastornos de salud, hemos disfrutado de los actos en los que hemos participado y nos han servido para socializar y saludar a gran parte del vecindario. ¡Volveremos!
Hacía mucho tiempo que no comía -unos 8 años- y tenía verdaderas ganas de meterles mano a las judías, sobre todo, que es uno de mis platos preferidos. Esa tarde teníamos invitados de Plasencia de Jalón: Carla y Miguel Ángel y Fina, amigos desde hace tiempo. Nos sentamos en la Peña alrededor de una fuente de judías, un plato de patatas y otro recipiente con ensalada ilustrada. Al que no quiso cucharada y paso atrás, se le sirvió en plato. Las legumbres estaban buenas, con un sabor excelente, pero la textura, para mí, era demasiado pastosa; es decir, poco líquido, pero aun así, me comí mi parte alícuota y algo más. Las patatas, sin embargo, estaban caldosas y, quizá, pasadas de cocción, pero también cayeron.
A las 9 hubo fuegos artificiales para dar fin a las fiestas y... cada mochuelo, a su olivo.
Dirigentes de la Cha posan junto al Alcalde y concejales, en su visita al pueblo el día de Santa Águeda.
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