EL TRATO.-
Aunque no hay referencias concretas al trato que los dueños daban a sus cautivos, parece razonable pensar que, por ser bienes de producción de elevado precio y consumo duradero, serían bien tratados o al menos no maltratados, de la misma manera que hoy cuidamos un automóvil: garaje, revisiones, cambio de aceite. En el servicio doméstico, parece haberse establecido una relación de afecto y agradecimiento entre dueño y esclavo y sobre todo entre ama y esclava: así se desprende de las justificaciones de muchos actos públicos de manumisión. No obstante, existen testimonios de tratos brutales e inhumanos: Durante la construcción del convento de san Pedro Mártir en Calatayud, "el 12 de septiembre de 1412, por mecenazgo de Benedicto XIII, dirigida por maestros mudéjares «moros de paz», llegó el maestro de la obra, que vino con nuestro senyor el Papa con los moros cativos que estan en Terrer." Estos se ocupaban en el duro trabajo de excavar los cimientos: el minucioso libro de cuentas de las obras de este edificio hace constar "la compra de tres axadas para que piquen los cativos a los fundamentos y el 2 de diciembre de 1413 logue siete hombres para sacar tierra de los fundamentos con los cativos. Unos dias después rogaronme los freyres del convento que comprara de qualquiera pardo grosso para vestir los cativos que estaban casi espullados".
Marcas de fuego, argollas, cadenas:
El temor a que se fugaran los cautivos hacía que los amos intentaran facilitar su identificación. Ximénez de Aragüés señala la dificultad de distinguir los esclavos de los hombres libres, con todo esto si viniere uno señalado con yerros en el rostro es señal de que es esclavo. Con toda frialdad informa de que ello constituía una costumbre de los antiguos romanos, que los marcaban en la frente y las señales eran una O y una F. Y añade: "Lo mismo suele hazerse oy en España, aunque las señales suelen ser una S un clavo en los carrillos, o una cifra del nombre del dueño". Otro procedimiento era ponerles una argolla de hierro al cuello o pie. María Lucía Peña señala: «La S en una mejilla y el dibujo de un clavo en la otra venían a formar la palabra sclavo, esta marca era la más extendida en la Península, y de hecho es la que con más frecuencia mencionan los textos literarios».Vestidos:

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