Suelo levantarme muy temprano, a las 6 o 6 y media ya estoy de pie. Oigo el sonido de las olas del mar y, aunque es todavía de noche, poco a poco, la luz se va manifestando cada vez con más intensidad. En el corto periodo penumbroso se oyen pajarillos de diversas especies y ya, amaneciendo, comienza el estridente grito de las gaviotas, sobre todo, cerca de las piscinas y de los contenedores de basuras. El ritual siempre es el mismo, un grupo de diez o doce aves buscan su espacio y nada mejor que avisar con sus potentes graznidos, a veces prolongados durante minutos para indicar su dominio territorial. Son pues, aves comunicativas.
Las gaviotas duermen en grupo y de pie; lo hacen en humedales que les sirvan de protección de los depredadores. A su alimentación natural, se ha unido, desde hace años, la ingesta de todo lo que encuentran en las basuras, los restos de los bocadillos que dejan los alumnos tras el recreo y...todo lo que pillan.
Otra de las aves que suelo escuchar es el arrullo y zureo de la paloma turca, persistente a más no poder. En las palmeras se la tienen montado desde hace tiempo, las cotorritas, una especie invasora que esta llenando los árboles de las ciudades y no para de cotorrear a sus vecinas lo que pasa por su hábitat.

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