Esta entrada es del 2011, voy a aprovecharla hoy, día de los difuntos -un tanto modificada-, para que veáis las insensateces provenientes de los curas que estaban a cuidado de nosotros y de nuestra formación allá por los años sesenta en el Seminario Menor.

No me gustan nada los cementerios. Sólo me interesa -y no mucho- el arte funerario. Será por los malos recuerdos que me trae la visita al de Torrero por estas fechas. Los curas nos mandaban a rezar a los difuntos "in situ". Imaginaos la caminata desde el Seminario hasta allí. Teníamos que ir por los caminos llenos de piedra -entonces no estaba urbanizada parte de "La Romareda"- hasta llegar al Parque Grande (ahora "José Antonio Labordeta") atravesarlo subiendo la costera hasta llegar al Canal, cruzarlo por el puente que hay frente al hospital de San Juan de Dios y, callejeando, llegábamos a la Avenida de América. Pasábamos por la Cárcel y, allí, todavía, a lo lejos, estaba el cementerio. Llegábamos exhaustos y, por supuesto, sin ganas de rezar. Lo malo era que había que volver. Pequeñas torturas de los curas tardofranquistas.
Otros cementerios que me daban yuyu eran los ingleses. A veces tienes que atravesar por uno de ellos para ir a un determinado lugar. La gente pasea por el recinto como si fuera un parque, además, si está la tumba de un personaje ilustre, hay que pagar. Cosas de la "Pérfida Albión". Tampoco me resulta agradable el del pueblo. Recuerdo que cuando subíamos al Gurugú de chicos, evitábamos mirar hacia abajo para no ver los nichos, aunque de mayor si me he acercado para tirar algunas fotos. En resumidas, que no me gustan los camposantos, ahora cementerios municipales.
(En la imagen de cementerio de Bardallur, junto al panteón, podréis observar una losa de grandes dimensiones. Se trata de la sepultura perpetua que el Ayuntamiento del pueblo otorgó a mi bisabuelo José. En los nichos próximos están los restos de mi familia paterna).
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