La gente más humilde vivía solo del racionamiento, reconociendo las autoridades que era imposible vivir con eso solamente. Las raciones eran mínimas y los productos, de ínfima calidad (aceite, pan negro...). Además, los varones de las clases menos pudientes eran los que realizaban los trabajos más duros (siega, recolección, siembra, trabajo en las fábricas...). Las calorías que aportaban los escasos alimentos no eran suficientes para mantenerse y, algunas gentes, murieron de inanición. La desnutrición, las malas condiciones higiénicas de muchas viviendas (chabolas, cuevas, simples agujeros...) y la imposibilidad de recibir ayuda sanitaria fueron la causa de que en esta población más humilde se cebaran toda clase de enfermedades y epidemias (el tifus exantemático de 1941 asoló la región andaluza).
Ante esta situación, sobrevivir se convirtió en un acto de resistencia. Las tácticas y argucias de los más desfavorecidos para sobrevivir fueron innumerables, unidas a una voluntad firme de resistir al régimen. El límite último era perder la vida, por eso, las clases menos pudientes ampliaron su dieta con alimentos que antes no habían ingerido: burros, perros, gatos, topos, ratas...hierbas diversas, tubérculos...y utilización de derivados y sucedáneos para los combustibles, el papel, los alimentos...
Como ya he referido arriba, enfermedades como la tisis, la tuberculosis, el edema del hambre, la pelagra, el tracoma...hicieron acto de presencia por la precariedad y los artículos en mal estado.

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