TAL DÍA COMO AYER...


De 1598 moría en el Monasterio del Escorial el rey Felipe II. Desoyendo los consejos de sus médicos, el 30 de junio del año mencionado salía en una silla de manos articulada de su palacio madrileño camino del lugar que él había elegido para su muerte. El viaje duró seis días. Durante su estancia, se hacía pasear por los pasillos y jardines para observar y controlar cómo estaba todo, algo que había hecho toda su vida. El día 22 tuvo una recaída padeciendo unas altísimas fiebres unidas a una hidropesía que le hinchó el vientre, muslos y pies y le provocó una feroz sed que no se le calmaba con todo el agua del mundo. Viéndose en esta situación,  pidió a los médicos que le dijeran si estaba próximo su fin, pero estos ocultaron la verdad unos días hasta que su confesor, fray Diego de Yepes insistió, a instancias del rey, y los galenos se pronunciaron diciendo que no tenían esperanzas. El religioso se lo transmitió al monarca el 1 de agosto, éste dio gracias a Dios y pidió al fraile que lo confesara, acto que duró tres días.
Felipe estaba hecho unos zorros, tenía dolorosísimas llagas en manos y pies y un absceso en la rodilla producido por la gota que le impedía moverse por el agudo y agónico dolor que le producía. Todo esto le obligaba a estar inmóvil en la cama y las heridas se le infectaron de tal manera, que despedían un olor pestilente, unido al de su incontinencia, lo que era para el pulcro rey un tormento inimaginable. Padecía, también,  un fuerte dolor de cabeza y ojos impidiéndole dormir. Así estuvo 53 días. Mandó que trajeran ante sí sus reliquias favoritas, de modo que al pie de su cama, de cuya vera no se movió su hija Isabel Clara Eugenia, se fue formando un espectral espectáculo con “la rodilla entera con el hueso y pellejo del glorioso mártir San Sebastián”, un brazo de San Vicente Ferrer, una costilla del obispo Albano y otros fetiches de similar naturaleza. También incluyó crucifijos, sobre todo uno, el que portó su padre Carlos a su muerte. Pero lo más insólito fue el hacer traer a su alcoba hasta 9 cuadros de Hieronimus van Aeken, "El Bosco" que observaba minuciosamente preguntándose si él iría al cielo o al infierno. Sus últimas palabras fueron: ¡Ya es hora! Contaba 71 años de edad.


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