La muerte del fundador de la Falange está rodeada, también, de cierta dosis de leyenda y controversia.
En «Las últimas horas de José Antonio» (Espasa), el periodista e investigador José María Zavala aporta una serie de documentos inéditos que revelan que la ejecución de Primo de Rivera no fue un simple acto de cumplimiento de la pena capital, entonces en vigor en España en el ámbito castrense, bajo cuyo fuero fue juzgado el líder falangista por el delito de rebelión militar.
Según esta declaración, el fusilamiento de Primo de Rivera no estuvo precedido por la reglamentaria orden de «fuego», sino que «los disparos se efectuaron a capricho» y de forma reiterada en varias descargas, «a apenas 3 metros de distancia», señala Zavala. Sin embargo, en la información que podéis leer en esta dirección http://www.alicantevivo.org/2007/05/alicante-en-el-recuerdo-el-fusilamiento.html dice lo contrario.
José Antonio resultaba un incordio no solo para Franco (ambos se profesaban una mutua antipatía, como han señalado muchos otros investigadores), sino también para el propio gobierno de la República, presidido en noviembre de 1936 por Francisco Largo Caballero, dirigente del ala más izquierdista del Partido Socialista.
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