Cuando los sumerios llegaron a la zona de la baja
Mesopotamia se encontraron con muchos avances que ellos fueron mejorando con la
asimilación de las costumbres que ya habían puesto en desarrollo sus anteriores
pobladores.
Una de sus obsesiones fue la construcción de grandiosas
estructuras monumentales. Al provenir de zonas lluviosas, creían que los
causantes de esas milagrosas lluvias eran los dioses del cielo y sintieron el
anhelo de estar lo más cerca posible de ellos para que sus ritos surtieran más
efecto. Empezaron edificando pequeños montículos a los que iban añadiendo uno
tras otro más pequeño con objeto de que los sacrificios estuviesen más cerca de
las divinidades celestiales y el humo de los animales quemados llegase con
mayor prontitud al olfato de sus admirados protectores.
Pero el material empleado en los “ziggurats”, muy anterior a
las famosas pirámides egipcias, era de
barro cocido, cañas y juncos y la erosión y las inundaciones acabaron con ellos, no quedando
restos patentes de los mismos, al contrario que las graníticos cuerpos
piramidales de la civilización del Nilo que todavía podemos admirar.
Estas “torres” se nombran en el libro del Génesis de La
Biblia (25 siglos después), siendo la más conocida la de Babel. Parece ser que,
además del uso para actos de sacrificio, los sumerios utilizaban estas alturas
como observatorios del firmamento convirtiéndose, así, en los primeros
astrónomos y astrólogos del universo, lo que les sirvió para el estudio empírico de las
matemáticas y el establecimiento de un calendario muy similar al actual, con 2 estaciones, días de 12 horas dobles y horas variables, según la estación. Establecieron, por tanto el sistema sexagesimal.
Fueron capaces de clasificar sus descubrimientos mediante largas listas lexicográficas, que abarcaban el mundo vegetal, animal y mineral, las cuales darían paso a los primeros diccionarios y consecuentemente a la floración de las diferentes ciencias como las conocemos hoy en día (Geografía, Mineralogía, Química, Botánica, Medicina, Farmacología, etc.).
Fueron capaces de clasificar sus descubrimientos mediante largas listas lexicográficas, que abarcaban el mundo vegetal, animal y mineral, las cuales darían paso a los primeros diccionarios y consecuentemente a la floración de las diferentes ciencias como las conocemos hoy en día (Geografía, Mineralogía, Química, Botánica, Medicina, Farmacología, etc.).


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