PUERTA DEL ÁNGEL JUNTO AL AYUNTAMIENTO Y LA LONJA
Pocas ganas de fiesta tenía Zaragoza aquel octubre de 1865. El fantasma del cólera amenazaba a una población cuyas clases populares sufrían el encarecimiento de los productos de primera necesidad. La caída del precio de los cereales no se había trasladado al consumidor y la desastrosa cosecha de uva, tras una enfermedad que diezmó la añada, no eximió a los viticultores de pagar el correspondiente arbitrio. El malestar crecía entre jornaleros, labradores y cosecheros, base social de una ciudad anclada en la economía agrícola.
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