En 1925, Luis Buñuel decide instalarse en París. La excusa: Ser el secretario de Eugenio D´Ors en su papel de representante de España en un organismo que se iba a crear llamado
Societé Internacionale de Coopération Intellectuelle . Al no haberse formado todavía la Institución, Buñuel se adelantó para aclimatarse al país vecino y aprender francés y algo de inglés. Su madre le pagó el viaje y se instaló en el
Hôtel Ronceray, próximo al
boulevard Montmatre y al
passage Jouffroy, precisamente donde él había sido engendrado. Más adelante, cambiaría de hospedaje y se albergaría en un pequeño hotel situado en
la rue L´École de Médécine cerca del
boulevard Saint Michael.
(Sic) Tres días después de mi llegada, me entero que Unamuno está en París. Un grupo de intelectuales franceses fletaron un barco y fueron a recogerlo a Canarias, donde estaba confinado. Todos los días , él acudía a una peña que se reunía en
La Rotonde. allí se sitúan mis primeros contactos con los que la derecha francesa llamaba despectivamente
les météques, extranjeros que viven en París y ocupan las terrazas de los cafés (...)
Un día tuve que quedarme en la cama con gripe. Por la noche, a través de la pared de mi cuarto, oía el bombo del cabaret chino. Por la ventana veía un restaurante griego situado enfrente y una bodega. Angulo -un estudiante de pediatría que conocí en
La Rotonde, me aconsejó que combatiera la gripe a fuerza de champaña. Yo no me lo hice repetir. Y entonces descubrí una de las causas del desprecio y hasta la aversión que la derecha francesa sentía hacia los metecos. El franco, a consecuencia de no sé qué devaluación, estaba a un cambio bajísimo. Las monedas extranjeras, y especialmente la peseta, permitían a los metecos vivir como príncipes o poco menos. La botella de champaña que luchó victoriosamente contra mi gripe me costó 10 francos: ¡Una sola peseta!
En los autobuses de París había letreros en los que se leía: "No desperdiciéis el pan" -N
e gaspillez pas le pain-. Y nosotros bebíamos
Moët Chandon a peseta la botella.
Una noche ya restablecido, entré solo en el cabaret chino. Una de las animadoras se sentó a mi mesa y se puso a hablar conmigo, como era su obligación. Segundo motivo de asombro para un español en París, aquella mujer se expresaba admirablemente y poseía un sentido de la conversación sutil y natural. Por supuesto, no hablaba de literatura ni de filosofía. Hablaba de vinos, de París y de cosas de la vida diaria, pero con fina naturalidad, sin asomo de afectación ni pedantería. Yo estaba admirado; acababa de descubrir una relación entre el lenguaje y la vida, desconocida para mí(...)
Otros motivos de asombro a los que me he referido a menudo: las parejas se besaban en la calle. Semejante comportamiento abría un abismo entre Francia y España, lo mismo que la posibilidad de que un hombre y una mujer vivieran juntos sin las bendiciones.