LOS BIZANTINOS EN ESPAÑA.-
En el año 552 d. C. se produjo un enfrentamiento entre el rey
visigodo Ágila y el candidato al trono, Atanagildo. Este último pidió ayuda al
emperador Justiniano para luchar contra Agila. El emperador bizantino, viendo
la ocasión de introducir sus tropas en España, no lo pensó dos veces y puso al
frente de las tropas al general Belisario, el mejor estratega de cuantos había
en el Imperio de Bizancio.
Las coalición hispano-bizantina derrotó al rey visigodo y Atanagildo, en agradecimiento
a los orientales, les recompensó con una
franja costera que comprendía desde Cádiz hasta cerca de Valencia.
Los territorios dominados por el ejército de Bizancio formaron la llamada
provincia de Spania, contando como centros urbanos más importantes las ciudades
de Malaca (Málaga), Córduba (Córdoba) y, sobre todo, Carthago-Spartaria
(Cartagena), ésta última como principal centro militar y
administrativo.
La antigua Carthago-Nova había perdido parte de su esplendor a partir del siglo
II d.C. pero la llegada de los bizantinos en el siglo VI, volverá a reactivar
su pulso urbano. A partir de estos momentos, Carthago-Spartaria, como así la
nombra San Isidoro, parece
erigirse en capital de la nueva provincia bizantina de Spania, siendo objeto de
obras de fortificación. Dentro de una ciudad transformada, ocupó un lugar
esencial el barrio construido sobre el antiguo teatro romano.
El sueño de Justiniano de ver el Mediterráneo unido bajo el poder bizantino es
efímero pues, poco a poco, se van sucediendo
continuos ataques de otros pueblos; la economía es cada vez más
precaria, las continuas epidemias de
peste asolan los territorios y el reino visigodo, cada vez más fortalecido,
sueña con unificar toda la península Ibérica
En el año 625, Suintila acaba liquidando la presencia bizantina en nuestro país apoderándose
de todas las ciudades costeras del Mediterráneo español -Carthago-Spartaria
había sido conquistada cuatro años antes por Sisebuto y, según palabras de San
Isidoro, fue totalmente destruida-.
Los hispanorromanos habían recibido con gran expectación la
llegada de los bizantinos pues los consideraban como los hermanos de oriente.
Además, hablaban el mismo idioma, el latín –todavía no se había impuesto el
griego como lengua oficial en Bizancio-, practicaban la misma religión, el
catolicismo y creían que se podría conseguir una vuelta al esplendor de otros
tiempos, además de ser súbditos de un gran emperador como era Justiniano.