Cinco libros para superar el bochorno
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ZARAGOZA BAJO LOS AUSTRIAS (2)
EL SIGLO XVII.-
Tras el siglo de esplendor anterior, el XVII va a ser para España el paradigma de la crisis, tanto interna, como externa. Se trata de una centuria
donde la acción política de nuestra tierra está articulada y dirigida por la
Corona, si bien la presencia real en Zaragoza fue más bien escasa y contadas
las visitas de Felipe III, Felipe IV y Carlos II a la capital. Es además un
periodo de penurias a las que los ciudadanos de
Zaragoza no permanecen ajenos, a pesar de la tranquila atmósfera que parece
traslucir la Vista de Zaragoza pintada por el pincel de Velázquez y Mazo, donde
sólo la rotura del puente de Piedra nos habla de conflicto (ver imagen).
La mala gestión en todos los campos militares, políticos, económicos, estratégicos...) de los monarcas (bancarrota de Felipe II en 1596), expulsión de los moriscos en 1609 y 1610), malas cosechas, epidemias...guerra de secesión catalana...supuso un tetroceso en la vida cotidiana de la población aragonesa y zaragozana.
En un plano más positivo, Zaragoza siguió manteniendo su
señorío sobre amplias zonas de esta provincia y de la de Huesca, y las sedes de
las instituciones más representativas de la Corona. Era también centro
religioso del reino con su sede arzobispal y del tribunal de la Inquisición.
Junto con el clero, seguía siendo la nobleza el estamento más favorecido a la
hora de ocupar los cargos representativos, conformando una élite de la que
también formaban parte ciertos ciudadanos que, sin ser nobles, poseían riqueza
y prestigio suficientes para acceder a las altas clases de la sociedad, de lo
que hacían ostentoso alarde. El resto de la población, el estado llano, lo
componía un numeroso y variopinto conjunto de más de cinco mil personas
dedicadas a actividades diversas.
La fisonomía de la ciudad en esta centuria es heredera del
siglo anterior, si bien con cierto deterioro de su caserío y sus viales, la
pérdida de la funcionalidad defensiva de la muralla, y escasas modificaciones
en su trazado interno, como la apertura de la calle San Gil. Un aspecto más
destacado adquirió el perfil de Zaragoza con la construcción de numerosos
edificios, sobre todo iglesias y conventos que se erigieron -o modificaron- en
esta etapa. Esta proliferación religiosa obedecía a un considerable aumento del
fervor de los ciudadanos, cuya situación de penuria se volcó en la devoción a
los santos y a las vírgenes, en especial a la Virgen del Pilar.
En cuanto a las bellas artes, el siglo XVII fue el siglo del
barroco, llamado también "el arte de lo religioso". Muchas iglesias y
conventos se construyeron bajo los recargados y movidos diseños de este estilo,
siendo minoritarios los edificios civiles. De titularidad noble fue el palacio
conocido hoy como de Argillo, antes del marqués de Villaverde, en el cuya obra
intervino Felipe de Busiñac y Borbón a partir de 1661. Al ámbito eclesiástico
pertenecen, entre otros, la Iglesia de Santiago el Mayor, la de Santa Isabel de
Portugal (San Cayetano), la torre de La Seo, o la Basílica del Pilar (cuya
primera piedra se puso en 1681), y conventos como los de las Carmelitas
Descalzas de Santa Teresa (Las Fecetas) o San Agustín.
En lo referente a la economía urbana cabe destacar la
compleja evolución de las normativas de los gremios, llamadas ordinaciones, que
regularon con gran detalle las actividades comerciales, sobre todo las
textiles. En su conjunto la producción de la ciudad en este siglo es muy
amplia; además de los textiles encontramos la madera, la construcción, la piel,
el metal o la cera. A esto se unía la producción agropecuaria y, en el ámbito
cultural, destacamos la continuidad de la imprenta. Los Jurados de la Ciudad
establecían un riguroso control sobre los movimientos de productos, con
prohibiciones, como la de abrir puertas en la muralla (por lo que en 1606 el
Convento de San Agustín recibió un veto expreso), o con obligaciones, como
realizar la venta de determinadas mercancías en lugares estipulados.
SAN PEDROS
En los años de la postguerra, según las órdenes cursadas por el Ministerio de Educación y Descanso, el día de San Pedro era uno de los días de las fiestas de guardar, además de los domingos.
Coincidía este día con tiempo de enormes tormentas, con nubes blancas y negras que salían de detrás del Moncayo, y que solían descargar pedregadas.
Dado que sobre el día de San Juan se habían arrancado y "estorronado" los ajos, y después de dos día de solana, habían sido repasados y engavillados, mantenerlos en el campo era una temeridad, ya que de caer granizo, o simplemente llover, destrozaban o ennegrecían las cabezas de tan valiosa cosecha.
Los “ajeros”, a pesar del castigo que se les imponía si los cogía la guardia civil, salían con su carro al campo a acarrear y poner los ajos a buen recaudo. Lo solían hacer en cuadrilla, y de madrugada, para acabar la faena lo antes posible. Mientras solamente un arriero conducía el carro hacía el pueblo, el resto se dispersaba por los campos de manera camuflada para no ser vistos.
La guardia civil también salía al campo ese día, pero “de caza”. De caza de todo ajero que se saltase el “descanso”. Arriero que cogían, multa que le ponían, aparte de la bronca previa, el reproche por trabajar “en un día festivo”y alguna ostia dispersa. Así eran aquellos San Pedros.
(Colab. B.S.)
(Colab. B.S.)
FELICITACIONES A...
Pedro Luis Parroqué (izquierda), por su santo y cumple y a Pablo Medrano (derecha), por su santo. Todos los de la foto son quintos y este año cambian de dígito en la decena.
EL PUENTE DE CARRANZA
Este puente que une el término municipal de Puerto Real y Cádiz salvando el océano, tras varios proyectos, diversos avatares e imnumerables imponderables desde 1929, se inauguró el 28 de octubre de 1969, poniéndose en circulación el 4 de noviembre del mismo año, batiendo por la empresa Dragados y Construcciones la fecha de su puesta en funcionamiento, pues estaba previsto que se acabase en 1971. El puente, de 1400 m. de longitud, tiene tres carriles, uno de ellos reversible según el tráfico y, en su parte central puede elevarse para dar paso a los barcos con destino a La Carraca y a los astilleros de San Fernando. Su nombre se debe al alcalde de esa época León de Carrranza hijo -el padre también había sido alcalde-. A partir de su inauguración se cobró un peaje por su uso (obsérvense las garitas). Cuando me examiné de oposiciones iba al tribunal haciendo autostop desde Cuatro Caminos de Jerez y, para volver, después de andar durante un buen rato, me ponía en el puente a hacer dedo de nuevo. Una vez me paró un camión de Pikolín y otra, más surrealista, un chaval con una vespa -entonces no hacía falta casco-. Así que, el puente Carranza fue uno de los artífices de que siga por estas tierras.
ÉXODO RURAL
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